miércoles, febrero 23, 2011

WAR! WHAT IS IT GOOD FOR? ABSOLUTELY NOTHING!

Mujeres afganas en una escuela de Sandarwa al Este de Afganistan, 2009

Me habían pedido redactar un artículo de tema totalmente libre para la revista AIA, una publicación gratuita que se reparte por Irún, pero entre que soy un vago y que cuando me pongo a hacer algo, tengo un monton de cosas pa la uni pendientes, al final he decidido mandarles una versión reducida de una reseña que ya tenía hecha sobre el libro 'Los Taliban' de Ahmed Rashid. En él, este periodista pakistaní corresponsal del Daily Telegraph y la Far Eastern Economic Review, así cómo colaborador de la BBC, hace un analisis exhaustivo de la historia y la situación de uno de los países más caóticos del planeta. Más de medio siglo en guerras ininterrumpidamente no es sólo cosa de unos fanáticos islamístas, cantidad de conflictos e intereses geopolíticos se cruzan en este paso clave de las rutas que llevan a Asia. Os reproduzco aquí la versión reducida.

Afganistán es noticia a menudo hoy en día por la guerra iniciada en 2001 a raíz de los atentados del 11 de septiembre y que sigue hasta la actualidad. En octubre de ese mismo año, las tropas norteamericanas y británicas invadieron el país centroasiático con la intención de derrocar el gobierno Talibán que daba cobijo a Osama Bin Laden, presunto cerebro de los atentados, y su organización islamista Al Qaeda. Pero lo cierto es que Afganistán lleva en guerra desde principios del siglo XX y tiene poco de lo que se suele denominar un país. Describir la trágica historia de violencia que ha sacudido este país desde hace varias décadas sería demasiado largo y complicado, que no carente de interés sociológico, pues se entremezclan conflictos e intereses políticos, económicos, religiosos y culturales.
“Cuando Alá hizo el resto del mundo, vio que había quedado un montón de desechos, fragmentos, trozos y restos que no encajaban en ninguna otra parte. Tras reunirlos, los arrojó a la tierra y eso fue Afganistán”. Así le describió “un sabio y anciano muyahid afgano” al autor el país más catastrófico del mundo desde el punto de vista humanitario. La descripción coincide con la idea de que el país es una especie de pot-pourri de etnias, tribus y clanes de creencias, idiomas y costumbres distintas. Un tercio de la población es de la etnia pashtún, a la cual pertenecen los Talibán, y viven mayoritariamente en el sur del territorio, estos hablan pashto, una mezcla de lenguas indo-persas y se rigen por lo general por un código tribal, el pashtunwali. En el centro viven los hazaras de confesión chií en un país por lo demás suní y que hablan persa o “dari”, como se conoce el dialecto persa afgano. En el oeste, alrededor de la antigua ciudad de Herat vivían los tayikos, depositarios de la antigua cultura persa y que también hablan dari. En el norte conviven uzbekos, turcomanos, kirguises y otras minorías todas de habla de la rama turca del Asia Central.
Para entender a los talibán y esa visión casi incomprensible o inimaginable de la cultura para un occidental, hay que buscar de dónde procedían estos hombres. Los dirigentes talibán venían de las provincias meridionales pashtunes más pobres, más conservadoras y menos cultas de Afganistán, alrededor de Kandahar. En el pueblo del mulá Omar (líder de los talibán) las mujeres siempre habían llevado velo, y las chicas no iban a la escuela porque esta no existía. Omar y sus colegas trasladaron su propio medio, su propia experiencia, o la falta de ella, con las mujeres, a todo el país años más tarde, y justificaron su política basandola en el Corán.
La llegada de los talibán había hecho pensar a muchos afganos que los pashtunes volverían a tomar control del país y estos estudiantes del Coran reestablecerían la paz que comunistas, muyahidínes y otros señores de la guerra sedientos de poder minaban desde hacía tanto tiempo. Pero estos llegaron para aplicar su propio estilo de vida contra viento y marea. Habían hecho una interpretación extrema de la sharia, o ley islámica, que consternaba a muchos afganos y al mundo musulman. Estaban decididos a imponer su modo de ver a todos los afganos al margen de todas las demás costumbres ya existentes. Es ilustrativa de la ansia de paz de los ciudadanos la declaración de una panadera de Kabul que en una entrevista con el autor le confesó “mire mi cara, ¿no ve marcada en ella la tragedia de nuestras vidas y nuestro país? La situación empeora cada día que pasa. Nos hemos convertido en mendigos que dependemos de Naciones Unidas para sobrevivir. Ésa no es la manera de ser de los afganos. Las mujeres están agotadas, deprimidas, abrumadas. Sólo esperamos que llegue la paz, rezamos por ello a cada momento”. Ahmed Rashid considera que “la interpretación que hacen los talibán del Islam, la yihad y la transformación social eran una anomalía en Afganistán, porque en el movimiento emergente no reverberaba ninguna de las principales tendencias islamicistas surgidas durante la guerra antisoviética” y que “la degeneración y el derrumbe de la legitimidad de las tres tendencias (islamismo radical, sufismo y tradicionalismo), entregadas a una lucha por el poder patente y voraz, creó el vacío ideológico que llenarían los talibán”. Según el periodista, los talibán no representaban a nadie más que a sí
mismos y no reconocían más Islam que el suyo propio con una base ideológica basada en el deobandismo que predicaban los partidos islámicos paquistaníes en los campos de refugiados afganos en Paquistán. Pero el autor constata que “la interpretación que de él hicieron los talibán no tenía ningún paralelo en todo el mundo musulman”. Según el autor, “antes de los talibán, el extremismo islámico nunca había florecido en Afganistán” y recuerda que el wahabbismo proveniente de Arabia Saudí y que vino a establecerse en el país centro-asiático hacia 1912, recibió un apoyo mínimo antes de la guerra.
Sobre la situación de la mujer en Afganistán bajo el dominio talibán, Nasiba Gul, licenciada en la Universidad de Kabul en 1990 (antes de la llegada de los talibán) y trabajadora de una ONG, consideraba poco antes de la llegada de los estudiantes[taliban significa “estudiante”] que estos “quieren pisotear a las mujeres en el polvo. Ninguna mujer, ni siquiera la más pobre o la más conservadora desea que los talibán gobiernen en Afganistán”. E incluso lamenta que a pesar de que “el Islam dice que las mujeres son iguales a los hombres y que se las debe respetar, las acciones de los talibán hacen que la gente se vuelva incluso en contra del Islam”. Según el autor “la fuerza de Afganistán radicaba en su diversidad étnica, y las mujeres tenían tantos papeles como tribus y nacionalidades existían” y apunta que fuera del cinturón pashtun, “todos los demás grupos étnicos fomentaban con vigor la educación feminina”. Contrasta con que la ciudad donde nacieron el mulá Omar y sus acólitos siempre fuera una ciudad conservadora, pero en otro tiempo la élite femenina de Herat hablaba el francés como segunda lengua y copiaban las modas de la corte del Sha de Teherán. “El 40% de las mujeres de Kabul trabajaban, tanto bajo el régimen comunista como el gobierno muyahidín posterior a 1992”. A pesar de ello, cuando los talibanes llegaron a Kabul y observaron el panorama, sólo se les ocurrió que debían transformar lo que a sus ojos era, según lo pone el autor, “una Sodoma y Gomorra donde era preciso golpear a las mujeres para que se adaptaran” a sus normas de conducta. Los norteños eran vistos aún peor y los consideraban musulmanes impuros a los que debían islamizar de nuevo a la fuerza.
Un niño afgano vende globos en Kabul, 2009

Ahmed Rashid considera que la actitud intolerante de los talibanes venía siendo reflejo de su propia política interna y en esencia, a lo que habían estado acostumbrados desde pequeños. “Los reclutas (los huerfanos, los desarraigados, el lumpen proletariado de la guerra y los campos de refugiados) se habían criado en una sociedad totalmente masculina”. La ausencia de mujeres en el ambiente de las madrasas y su dominio era visto como símbolo de virilidad y una reafirmación del compromiso de los estudiantes con la yihad o guerra santa. Y no sólo esto, sino que consideraban que las posibilidades de encuentros sexuales debilitarían y trastornarían a los reclutas, que según ellos ya no lucharían con el mismo entusiasmo. Se trataba en cierto modo de “limpiar” la sociedad y mantener la moral alta, y recta, de sus tropas. El autor del libro resume el punto de vista del mulá Omar y sus secuaces sobre la mujer así: “en pocas palabras, a las mujeres no se las debe ver ni oír, porque desvían a los hombres del sendero islámico prescrito y los hacen caer en una impetuosa tentación”. Prueba de ello son las leyes que impusieron cuando llegaron al poder en cada una de las principales ciudades del país mediante el recién creado Departamento de Promoción de la Virtud y Prevención del Vicio, al puro estilo 1984 de George Orwell. En 1997 emitieron unas regulaciones que prohibían a las mujeres usar tacón alto, hacer ruido con los zapatos al andar, los vestidos elegantes y maquillarse. La nueva norma formalizaba restricciones anteriores a las mujeres en el campo laboral, pero ahora incluían a las mujeres que trabajaban en las agencias de ayuda humanitaria occidentales excepto en el sector médico. Eran necesarias en este sector para atender a las demás afganas, ya que sólo una mujer podía atender a una mujer en la sanidad talibán.
Ahmed Rashid denuncia también que “la educación de los niños en Kabul también está paralizada porque la mayoría de los enseñantes son mujeres y ahora no pueden trabajar. Toda una generación de niños afganos está creciendo sin ninguna educación”, las unicas alternativas son, las madrasas taliban o emigrar a Paquistán. Según datos de la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios(UNOCHA por sus siglas en inglés) “tres meses después de la captura de Kabul, los talibán cerraron sesenta y tres escuelas de ka ciudad, lo cual afectó a 103.000 niñas, 148.000 muchachos y 11.200 maestros, 7.800 de los
cuales eran mujeres”. De hecho la ONU mantuvo a lo largo de varios años un tira y afloja con los talibanes al respecto de la educación de las mujeres y sus derechos laborales, utilizando esa exigiencia como condición a cambio de la ayuda humanitaria. En 1997, ante la petición de los talibán de que las agencias de la ONU y las ONG se traladaran a un recinto previamente seleccionado por ellos, estas dieron la espalda al país. En julio de ese mismo año, la Unión Europea suspendió la ayuda humanitaria, y la ONU y las ONG abandonaron Kabul.
Lo cierto es que mientras las mujeres eran erradicadas de las calles, recluídas en sus hogares de los que tenían que tintar las ventanas para que no se las viese desde el exterior, a los hombres tampoco les iva mucho mejor. “A todos los varones de Kabul, se les dio un mes y medio para que se dejaran crecer barba, aun cuando algunos grupos étnicos, como los hazaras, no tienen por regla general un considerable desarrollo del pelo facial”. La longitud de la barba debía ser como mínimo un puño de hombre de larga. Según relata el periodista, “la policía religiosa, provista de tijeras, se apostaba en las esquinas para cortar los cabellos largos”. También se exigía a los hombres un código indumentario adecuado, es decir el shalwar, unos pantalones muy olgados, por encima del tobillo y las cinco plegarias al día eran obligatorias igualmente. También se impusieron leyes en contra de la homosexualidad cuyo incumplimiento era castigado con penas extravagantes si no inhumanas(se omitiran detalles de los castigos por no alejarnos demasiado del objeto de estudio). Asímismo, el mulá Omar no reparo en imponer restricciones a todo tipo de entretenimiento; cine, televisión, musica y baile eran distracciones no aptas para los afganos, así como cualquier manifestación de arte o cultura ajena a la de los talibán. Se prohibieron desde colgar fotos, cuadros o fotografías en las paredes de las casas, hasta distintas celebraciones anuales chiítas, persas, el 1 de mayo e incluso en algunas de tradición musulmana como la Eid, la principal celebración musulmana del año, se restringió cualquier atisbo festivo. El responsable de Asuntos Exteriores desde 1997, el mulá Mohammed Hassan arguementa que naturalmente, entienden que la gente necesita diversión, “pero pueden ir a los parques y ver las flores, gracias a lo cual aprenderán acerca del Islam”. El ministros de Educación, el mulá Abdul Hanifi, defendía por otra parte que los taliban “se oponen a la música porque crea una tensión en la mente y obstaculiza el estudio del Islam”.
Todavía hoy en día, a pesar de los diez años de guerra para imponer una democracia occidental en Afganistán, pues esta era la misión de las tropas de George W. Bush y sus aliados inicialmente, allí sigue imperando el caos. De hecho, el poderío talibán se había visto incrementado en los ultimos años, por lo que el presidente de los EUU, Barack Obama, lanzó el pasado año una nueva ofensiva junto con las tropas de la OTAN, entre las que están las españolas. La realidad de Afganistán supera sin duda alguna cualquier ficción: más de medio siglo de violencia, una tragedia humanitaria y esto a pesar de, o a causa de, ser un país de gran importancia geopolíticamente hablando, pues es un paso casi obligatorio en el camino de Occidente a Asia. Pero también existen numerosos intereses petroleros y de gas en la región, por el que se llevan disputando los países ricos para construir oleoductos alternativos a los rusos. Es por otro lado significativo que las exigencias que la ONU y la comunidad internacional venía pidiendo a los taliban respecto a los derechos de las mujeres y otras libertades individuales, no se les exigen a las monarquías wahabbis de la península arábiga, clientes y socios habituales de casi todos los países ricos, que sin embargo mantienen legislaciones no tan alejadas de las talibán. Pero la tragedia interesante para nosotros es la de la lucha de unos radicales por imponer a golpe de porra, o piedra, la cultura de unos sobre la de otros. Pero tal vez esta historia se esté repitiendo en estos mismos momentos, mientras se intenta imponer un sistema político y económico que los occidentales han elegido por los afganos como el mejor de los sistemas. Pero este sistema viene de la mano con nuestra cultura del despilfarro, del consumismo, del culto a una belleza estereotipada y el individualismo. Intentando imponer nuestro ejemplo, nuestra cultura y unos valores propios por la fuerza, una vez más. Un hombre no muy lejano a Afganistán llamado Mahatma Gandhi dijo a principios de siglo XX, “there is no way to peace, peace is the way” o lo que es lo mismo, que no hay camino para la paz, sino que la paz es el camino. Si se le pregunta a un afgano o una afgana al respecto, probablemente conteste con la misma frase que la panadera citada anteriormente: “Sólo esperamos que llegue la paz, rezamos por ello a cada momento”.

Luis Emaldi Azkue

1 comentario:

Harris Castillo dijo...

Cojonuten hermano. La verdad es que el tema de imponer una cultura sobre otra siempre es sobrecogedora. No soy un docto en la materia de Afganistán ni mucho menos, pero joder qué cojones hacemos para devolverles lo que les pertenecía antes de la llegada de los Talibán. Otro de los problemas está en que después de los últimos hallazgos en materia mineralogía, los países ricos tendrán más ganas aún de repartirse el pastel y menos de resolver el futuro de los afganos.